C.P. Cibeles

Alberto Areces Gayo

El verdadero Espíritu Cibeles.

Gayo en una imagen del archivo del C.P. Cibeles

In memoriam

Roberto Llamedo

A Cristina, su esposa; a Javier y Jorge, sus hijos; a Daniela y Lucas, sus nietos; a sus hijas; a sus hermanos, Ignacio y Javier; a Luis Cueva, su amigo del alma; a sus familiares y amigos: desde nuestro club Amigos del Cibeles queremos expresaros nuestras condolencias y, a la vez, unirnos a vuestro dolor. Nuestro compañero y, por encima de todo, amigo, Gayo, ha sido sin ninguna duda una figura irrepetible para nosotros y hoy estas palabras quieren glosar lo que vuestro esposo, padre, abuelo, hermano y amigo ha supuesto para nuestro club y para nosotros como compañero.

La llegada de Gayo por segunda vez a nuestro club fue un acicate para nosotros y su sola presencia hacía que nuestra moral estuviera siempre por las nubes. De nuevo su amplia sonrisa, su temple y su dulzura en ese hablar cadencioso y agallegado nos colocaban en un lugar privilegiado para competir. Su colocación en la pista, unida a esa seguridad innata; esa elegancia propia de los elegidos al patinar; su pase al primer toque y a la mejor opción, sin riesgo para nuestro equipo, eran una señal inequívoca de que el triunfo estaba a nuestro alcance.

Ahora, amigo, estás formando parte de ese equipo cargado de figuras compuesto por Armando, nuestro presidente honorífico, en la portería; Andrés Caramés, sensacional entrenador, pero que en este equipo estará colocado en la defensa, puesto en el que tanto disfrutaba. En la media, nadie mejor que tú, Gayo; y en la delantera estarán el inolvidable Francis, que en los descansos os deleitará con su inseparable guitarra, y acompañándole se situará Pedro Valdés con su preciosa técnica y su regate insuperable. De técnico y entrenador, el inigualable Tamargo. El Tibu, cada vez que te aproximes a la línea de media pista, voceará como ninguno aquello de: “Ma-cha-caaaa”, y tú prepararás ese tiro seco, duro, colocado y potente que te caracterizaba; dispararás como en ti era habitual y el gol hará vibrar a todos los amigos que te acompañan en ese nuevo paraíso.

Gayo era una persona solidaria, siempre dispuesta a colaborar en causas justas, un hombre familiar que te hacía sentir próximo enseguida. Habiendo llegado a lo más alto en el deporte, su humildad era tan patente que parecía que eras tú el internacional. Sin pretenderlo, nos daba ejemplos en cada momento.

Cuántas veces en nuestras charlas nocturnas preparando el próximo partido nos hablabas de “tus gemelos” y, últimamente, cuánto disfrutabas de “tu nieta Daniela”. De Lucas poco tiempo has tenido para hablarnos, pero siempre lo compartías todo como si fuera del equipo.

No olvides, amigo, que antes del inicio de cada partido deberás ser tú quien entone nuestra consigna: “Rombo, cuadro, individual... este partido lo vamos a ganar”.

Estos días, desde que sucedió el fatal desenlace, hemos hablado mucho de ti y nos hemos acordado de la última Evricup, donde ejerciste con maestría de entrenador. Tu faceta de profesor, de maestro, quedó patente al revisar el Informe Robinson, cuando destacabas tus palabras: “Lo que llevamos vivido desde los doce años hasta los sesenta y tantos que tenemos...” y añadías: “Entre las personas, a veces, se produce una química que uno no sabe por qué, ni sabe por qué no, y esa química está ahí”.

Y continuabas: “el tiempo pasa y nunca se sabe, pero yo creo que va a haber Cibeles para rato”. Eso decías, amigo, y estamos seguros de que ese nuevo equipo estará impregnado del Espíritu Cibeles que tú tanto practicaste.

Entre nosotros quedarán para siempre tus palabras en el descanso del partido en Oviedo contra el Voltregà: “No nos está saliendo... no pensemos que... Es una cuestión de decir: cojones, cojones. Calma, calma”, mientras hacías castañear tus dedos como solías hacer.

Ahora seguro que estarás descubriendo nuevos ríos a donde acudir en esa moto en la que tanto disfrutabas; cotos donde reservar y donde tu caña se convertirá en habitual.

Dice un proverbio chino que “los amigos son como las estrellas, que a veces no se ven pero que están”. Sabes, compañero, amigo, que siempre estarás en nuestros corazones porque, como bien dice Lolo Paredes, “somos una familia”.

Descansa en paz, amigo, porque la paz es para los justos y tú lo fuiste.

Despedida de Alberto

Luis Cueva

Se nos ha muerto Alberto, mi buen amigo, seguramente el mejor. A él, que era el más fuerte, el más sanote, el que rebosaba vitalidad, le ha tocado marchar antes.

Resulta inútil hacer un panegírico; carece de sentido volver a hablar ahora de su valía, de sus virtudes, de su permanente y franca sonrisa, su jovialidad... quienes estamos aquí sabemos todo eso muy bien porque lo conocíamos y, precisamente por eso, lo queríamos.

En estos momentos de despedida, de triste adiós, quisiera más bien escribirle, escribirte una carta, la última, una carta desde aquí al más allá que me permita decirte y echar fuera todos los recuerdos, vivencias y sentimientos que durante estos días, a borbotones, se me revuelven por dentro.

Querido Alberto: nos conocíamos desde casi niños. Aunque ya habíamos coincidido en el colegio en 1º, no fue hasta 5º de bachiller cuando se comenzó a fraguar nuestra amistad. Aquel grupo de letras, pequeño, propiciaba la relación y la camaradería. Comenzaban entonces los éxitos del equipo de hockey; era irremediable que tu amistad me acercara a ese deporte hasta entonces desconocido para mí. A partir de ahí vinieron años de constante seguimiento de aquel conjunto: Santo Domingo, Oviedo, Cibeles. Viajes a Pola de Lena, sufrimiento en Mieres, mañanas de los domingos en Meres; yo combinaba la visita a mis güelos con la asistencia a los partidos.

Gayo en un retrato del archivo del C.P. Cibeles

Tardes de estudio con el P. Pedro; luego la Facultad. Aquellas clases vespertinas de latín que compartíamos; tantas horas de biblioteca preparando exámenes. Tú, constante, disciplinado, organizado, ajustando el tiempo, repartiéndolo entre el estudio y los entrenamientos. Los pequeños descansos para seguir las etapas del Tarangu, que tú enseguida cortabas porque había que volver a los apuntes.

Llegado el momento, decidimos ir a las milicias; nuestros padres tuvieron que darnos autorización para que fuéramos, porque éramos menores. No tuviste suerte y te tocó hacer la mili en Tenerife; mantuvimos la amistad con la frecuente relación epistolar.

Siempre pensé que la mili había cambiado el rumbo de tu vida: por esa circunstancia no pudiste preparar con nosotros las oposiciones y quedaste un poco descolgado. De no haber sido así, sin duda te hubieras quedado aquí, como nosotros. Pero no fue posible: surgió la oportunidad de marchar a trabajar y te fuiste a dar clase a La Coruña. Parecía que tu vida deportiva se cortaba y, sin embargo, alcanzaste el éxito y los títulos con el equipo de allí: el Liceo. Todavía recuerdo con pena aquella extraordinaria final del Cibeles, el mayor éxito del hockey asturiano: cómo te eché en falta en aquel equipo; tú debías estar allí y te habías tenido que ausentar. Qué alegría llevé cuando regresaste al equipo de veteranos. Con qué ilusión participabas en esas competiciones, las vivías como si de un campeonato oficial se tratara. Cuando nos tocaba elegir cotos de pesca, lo primero era reservar las fechas de los torneos.

La Coruña también te permitió culminar la carrera profesional y académica: el doctorado y la docencia universitaria. En algún artículo tus alumnos recordaban tu competencia y buen hacer, el respeto y cariño que te tenían.

Si al mundo del hockey me llevaste tú, a la pesca probablemente llegamos de la mano: la pasión por el río nos igualaba. Recientemente, en uno de tantos artículos que te dedicaron, una de tus pupilas contaba cómo en los viajes les ibas señalando los ríos por donde habías andado de pesca. Una de nuestras últimas excursiones fue para conocer las fuentes del Miño y del Eo.

Recuerdo ahora aquellos viajes en la vespa para pescar cangrejos en el Nora. Tantas y tantas jornadas compartiendo la afición a la trucha o al reo. No importaba la distancia, quedábamos a mitad de camino: Ibias, el Navia, León. Tú te aficionaste a la cola de rata; con qué habilidad lanzabas la tralla. Incansable, recorrías el río buscando las mejores echadas; no había rincón adonde no fueras capaz de hacer llegar la mosca. Los últimos cotos que escogimos ya no los podremos disfrutar, se truncó la ilusión del salmón.

Aquellas molestias, aparentemente sin importancia, que te obligaron a ingresar en el hospital, trajeron el sobresalto. Aún no soy capaz de digerir que haya ocurrido todo en tan poco tiempo. Aunque el diagnóstico fatal nos había dejado consternados, tu fortaleza, lo bien que habías superado el tratamiento, nos había hecho concebir ilusiones: si hasta deseabas reincorporarte al trabajo.

Coincidencias del destino: la última vez que hablé contigo fue para comunicarme el nacimiento de tu nieto Lucas. Ya ves, el ciclo de la vida: te nos vas tú y llega un nuevo retoño a la familia.

Aquí, como en La Coruña, tu carácter y esa alegría contagiosa nos dejan un recuerdo imborrable. Llega la hora de despedirnos y quisiera poder confortarme con el manriqueño “dejónos harto consuelo tu memoria”; pero no, me rebelo, hago mío el brutal dolor de otro poeta y, con su verso, yo tampoco “perdono a la muerte enamorada”; te vas demasiado pronto, nunca la magnitud de los recuerdos podrá llenar el hueco que nos dejas.

Un abrazo y hasta siempre.